lunes, 11 de junio de 2007

La herencia egipcia de la Masonería

Hoy es posible estudiar y argumentar el posible origen o herencia egipcia de la masonería, tantas veces discutida por los eruditos y los propios masones, gracias a los progresos de la egiptología. «El arte egipcio», escribe Pierre Montet, «es indiscutiblemente un arte real». Eso significa que los artesanos dependen del rey, pero puede advertirse también una alusión al carácter «real» del arte de vivir que la masonería, en su aspecto iniciatico, intenta recrear continuamente. El arte faraónico, basado en el anonimato, es la traducción de ideas simbólicas y no un esteticismo gratuito, Por ello, según el arqueólogo François Daumas «es fruto de una aplicación interior, de una conciencia profesional que ha permitido al individuo superarse y alcanzar el reflejo de la belleza y la perfección absolutas». Ese estado de ánimo solo puede realizarse por la virtud de una iniciación. Los textos del antiguo Egipto repiten incansablemente que debemos escapar a la segunda muerte, la del alma; para lograrlo, es indispensable acceder a los misterios que se celebran en el secreto de los templos. Los criterios de admisión entre los iniciados eran muy severos. Se exigía al postulante la practica de un oficio manual, la mayor rectitud moral y una indiscutible aptitud para comprender el sentido oculto de los símbolos y de las escrituras sagradas. En los peristilos se celebraban densas conversaciones entre el futuro iniciado y sus maestros; se exigía una sinceridad total. Muchos candidatos eran rechazados y regresaban a la vida profana. Para quien había superado victoriosamente esos primeros obstáculos, la aventura proseguía. El postulante era introducido en las primeras salas del templo y comenzaba a aprender las «reglas del arte». Tras un número de años que, probablemente, no era inferior a siete, el iniciado veía cómo se abrían las puertas de las «casas de vida» donde se le confiaban pesadas responsabilidades. Se ejercitaba en la redacción de los rituales y en la decoración simbólica de los templos. Ya maestro de su ciencia y de su arte, formaba a los discípulos que le sucederían.
Los documentos que prueban la existencia de iniciaciones en Egipto son muy numerosos. Por una estela del British Museum, por ejemplo, sabemos que un hombre pasó una noche meditando en el atrio del templo de los dos leones antes de ser admitido para las pruebas. Ese rito se celebra aún en la masonería moderna, pasando el neófito varias horas solo en el interior de una minúscula estancia llamada «gabinete de reflexión». Lleva a cabo allí un vasto examen de conciencia y muere progresivamente para el «hombre viejo» con el fin de renacer para el «hombre nuevo». El rito egipcio más célebre es el del paso «por la piel»; el iniciado, encogido como un feto, se introducía en una piel de animal sobre la que los sacerdotes practicaban ritos de resurrección. Fue progresivamente abandonado a causa de la evolución de las costumbres, pero la masonería conserva su recuerdo en el ritual del grado de Maestro.
Sin duda podemos afirmar que los constructores en la civilización egipcia gozaban de un inmenso prestigio. Los grandes hombres de la historia egipcia son los reyes y los maestros de obras. Distinción artificial, por otra parte, puesto que cada rey es, primero, un maestro de obras que construye el templo. Keops, Tutmosis III, Ramsés II, por citar algunos ejemplos, fueron prodigiosos constructores cuya reputación superó las fronteras de Egipto. Rasgos muy claros diferenciaban a los artesanos manuales. No se confundía a los peones, los dibujantes, los geómetras y los arquitectos. En lo alto de la jerarquía estaba el carpintero-albañil del rey que detentaba los secretos del trabajo de la piedra y la madera; reinaba sobre quienes concebían el plano y la estructura de los edificios, al igual que el maestro de obras medieval estará a la cabeza de un consejo de maestros de los distintos oficios de la construcción. Los constructores, dicen los textos faraónicos, crean sus obras para gloria del principio divino y de su representante en la tierra, el faraón. Dios es definido ya como el arquitecto soberano de los mundos, fórmula que, probablemente, está en el origen de la expresión masónica «A la gloria del Gran Arquitecto del Universo». Lo esencial, para los constructores egipcios, es la calidad de la obra realizada de acuerdo con los ritos. Al arquitecto iniciado, se nos dice, acude la piedra brotada de la Luz, emanación perfecta del Gran Dios. Además, en el rito de fundación de los templos, se nos habla de los «Hijos de la Luz» que levantaron muros destinados a ocultar los misterios divinos a la mirada de los profanos.
Debemos preguntarnos por la existencia de una asociación iniciática de constructores que pudiéramos estudiar de un modo más concreto. En otras palabras, ¿se encuentran rastros de una jerarquía iniciática que anuncie, sin equívoco, la estructura de las posteriores cofradías? El gran egiptólogo francés Bernard Bruyére proporcionó a esta pregunta una respuesta bastante extraordinaria. De 1920 a 1952 hizo notables excavaciones en el paraje de Deir el-Medineh, al sur de la necrópolis tebana. Las investigaciones prosiguen aún en nuestros días. Bruyére descubrió en aquel lugar numerosas tumbas muy curiosas; rápidamente, advirtió que se trataba de capillas pertenecientes a los miembros de una cofradía que agrupaba constructores, albañiles, grabadores y pintores que se instalaron en Deir el-Medineh a partir de finales de la XVIII Dinastía, hacia 1315 antes de nuestra era. La tumba 267, por ejemplo, es la de Hay, «jefe de los artesanos», «modelador de las imágenes de los dioses». Las capillas fueron decoradas por los propios artesanos y encontramos, al azar de las pinturas, el codo sagrado, la escuadra, distintas formas de nivel y muchos otros objetos simbólicos que conocieron una duradera posteridad. Para Bernard Bruyére se impone una evidencia: la cofradía de Deir el-Medineh es una auténtica masonería adelantada en el tiempo.

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